Bello cuerpo de mujer

Bello cuerpo de mujer
que me lleva por el noble camino
en la búsqueda de la inefable flor de loto

Bello cuerpo de mujer
ungido de esa esencia deliciosa que me embriaga
me ilumina y marca con aromas el camino hacia la comprensión del universo

Bello cuerpo de mujer
espacio en el que nos hacemos dioses al unirnos en perfecta simetría
singularidad cósmica en la que el tiempo se detiene y todo lo demás desaparece

Bello cuerpo de mujer
el de la mujer que amo.

Lo que deja atrás el diablo

AL-IRSE-EL-DIABLO

Central Park en primavera

Por qué no nos esforzamos más
en romper este hilo que nos hala,
que nos lleva arrastrados a la fuerza
hacia la disgregación que no deseamos.

Mi búsqueda incesante por ese artilugio inefable
ansiado mecanismo de relojería cuántica, mágica,
que permita detener este viaje en el tiempo
del que parece que nunca lograremos bajarnos.

Al menos nos queda esa secuencia mágica,
viva para siempre con cariño en la memoria:
tú y yo de la mano en Central Park en primavera.

Tentación

Monjas, niñas y diablos

Tentación

La cerveza HB y 75 años de Panamá

¡Ajá!… La HB… La negra que da sabor. La mejor cerveza panameña. La menos apreciada y comprendida. La de la receta de los plátanos en tentación. El mejor acompañamiento para las croquetas de bacalao, el ceviche de pulpo o un picantito rondón con patacones.

Después de la Balboa (creada en 1910 por la recién fundada Panamá Brewing and Refrigeration Company Ltd.), era la segunda cerveza nacional en antigüedad, hasta que dejó de producirse un día en que nadie se dio cuenta a principios de este siglo de tantos retrocesos o de la reinvención de este país que aún no podemos ver. Tal vez (eso no lo sabemos), una versión mejorada de la negra cerveza Tropical, bandera de la fábrica de cerveza del mismo nombre fundada en Panamá en 1914.

Cerveza tipo Münchener con un “twist”: tenía sabor añadido. Era negra y amarga pero con caramelo. Pienso que de melaza. Sabor a Panamá, como ese ron que hacen en Azuero. Tal vez eso le daba esa cualidad tan especial. Y definitivamente era lo que la hacía ideal sobre el plátano maduro antes del ingreso a la olla donde se evaporaba dejando un sabor dulce y un bonito color.

No recuerdo cuándo la tomé por última vez, pero sé que fue empezando el siglo XXI. Quiero creer que fue en una playa del Pacífico acompañando un pargo frito con patacones y bastante salsa de ají chombo. Tal vez fue un domingo en casa sin otra excusa que el calor. O quizás fue una noche en que no sabía con qué bajarme unos pixbaes recién cocinados en sal y descubrí que iban bien con esa negrita.

La cerveza HB me sabe a esa parte pícara de la ciudad que es Panamá: a boite en Río Abajo o ranchitos espelucaos en la Transísmica. Sabe a puesto de comida caribeña en la costa arriba de Colón. O a esos puertos de deliciosa pesca en el Mar del Sur: en Pedasí, Mariabé, Mariato, Gorgona, Farallón, Montijo, Rompío o Las Lajas.

Los que me conocen saben que siempre la pido. Ya sé que no me la traerán. Pero la mantengo viva. Ojalá los hijos de alemanes, hijos de colombianos o hijos de belga que ahora poseen la Cervecería Nacional nos la traigan de vuelta y nos dejen disfrutar una vez más de esa negra que sabe como ninguna al Panamá multicultural, al verdadero país.

Detrás de los símbolos

Detrás de los símbolos

Detrás de los símbolos

El chamán de la palabra

El poeta es el chamán de la palabra. Es el intermediario entre el mundo espiritual, el mundo del pasado, el mundo imaginado repleto de símbolos insólitos y este: el del presente, el real, el que nos parece tan anodino, prólogo insulso de un futuro que la mayoría no percibe al alcance de la mente, de las manos, de las cosas que podemos hacer, construir, modelar a nuestro antojo. El poeta lo dice. El poeta lo advierte. El poeta lo señala. El poeta guía pero no obliga.

El verdadero poeta es el viejo narrador. El que hemos olvidado entre novelas y bestsellers. Ese ser que antiguamente en la caverna tenuemente iluminada convertía las sombras de terror en imágenes fantásticas: un futuro imaginado, batallas pasadas ganadas con sudor de sangre, seres portentosos conquistados con ingenio. Es el poeta el que nos cuenta de la grandeza y nos señala el peligro. Es el que al nombrar en larga letanía a los antepasados, reviviendo sus hazañas, los une a la tribu que de otra forma se disgregaría en la nada.

El poeta es el único que impune puede escupirle al viento. El único que puede conversar con las estrellas. El único que puede alterar la realidad usando solo símbolos y gestos de los que parte el futuro en la mente de los que lo escuchan. El poeta es el único que puede conducir a los ejércitos narrando su destino imaginario sin salir de su matriz.

El poeta transmuta la palabra en sueños. Y de los sueños surgen los hechos. Pero eso es lo que le toca hacer a los otros.

Meditaciones en torno a un ensayo de Gorka Lasa, chamán de la palabra.

Transmutación de los elementos

Transmutación de los elementos

Transmutación de los elementos

Postapocalipsis

Un largo brazo metálico
penetra la tierra yerma.
Rostros azules con máscara
cantan dolientes su gospel.
Luna roja, un sol extraño,
viento ácido que abrasa.

Un niño triste despierta,
de un raro sueño en la arena.

Washiman sueña con el mar

Washiman sueña con el mar

Washiman sueña con el mar

Poemas de color y viento

Volar cometas. Solía hacerlo de niño con mi abuelo que armaba coroneles, estrellas y cajones de virutas de pajonal, papel maché y engrudo de yuca. Livianos, los coroneles requerían pesados rabos de cinta de máquina de escribir para ubicarse en el cielo de la tarde. Grandes y solemnes, los cajones se elevaban firmes: sin necesidad de cola u otro aditamento, se sostenían en el viento como tú y yo lo haríamos desnudos en la tierra. Divertidas, las estrellas llevaban colgados runrunes entre sus puntas, que sonaban juguetones con el viento tenaz que los estimulaba desordenadamente.

Era divertido todo: confeccionarlas, viajando repetidas veces al mercado o la avenida “B” en busca de materiales; la lucha por conseguir el favor del viento, contra el que usualmente se corría cargando la cometa para entregársela al ganar en un gesto sutil; la manipulación del hilo que nunca era suficiente y siempre se enredaba. Al final, el tiempo que era el que obligaba a bajar la cometa o la fuerza del viento del norte que nos la arrebataba para siempre, llevándose en brazos nuestro pequeño artilugio de color y de papel.

Tardes de cometa, tardes de verano, pero el verdadero, el del campo, el que ya no es ni será jamás en estos tiempos de clima adulterado. Gocé mucho haciendo con mis manos esos poemas de color, de viento, hoy de un recuerdo que se va despacio con la brisa del tiempo.

Versos de raíz elemental

Sombras y palabras
que copulan en la noche,
engendrando versos de raíz elemental:
es la poesía,
omnipotente,
diosa preciosa y macabra
que nos brota por la boca
y se devuelve iracunda
a devorarnos sin asco.

Parábola sobre la distancia

(c) La boca de Drago

Seres de narrativa

He salido a recorrer el mundo,
a buscar una inefable idea que no he encontrado.

Y he regresado cansado,
desencantado por mi necia e inconclusa tarea.

Ahora, sentado en esta roca
junto a la infinita bahía que lame cariñosa mis pies,

veo al pelícano volar a ras de mar,
mirarse en el agua tranquila, sostenido por el viento.

Y me transfiero a su mente,
adquiero el control de su cuerpo,
domino la brisa que se hace mi fuerza,
y veo al fin la ansiada respuesta
que siempre estuvo tallada en mi rostro.

Buscando perlas

(C) LA BOCA DE DRAGO

Sueño de primavera

Sale el pulpo de su hueco rocoso, incitado desde adentro por una fuerza, una necesidad, inexplicable. Nada un rato, contrayendo ingeniosamente su cuerpo complejo, buscando. Cerca de la orilla ve a la mujer flotando desnuda, gozando tranquila del roce suave de las olas, de la fina espuma, de ciertos gestos que son desconocidos en el fondo del mar.

Pero la naturaleza, a veces extraña, siempre objetiva, da a sus criaturas para sobrevivir algo más que un ciego instinto.

El animal observa atentamente, aprende, por un momento se llena de conciencia y decide. Se infla y súbito se dispara, envolviendo perfectamente a la mujer que, lánguida, lo acoge sin lucha. Un gemido ocasional, docenas de ventosas que succionan la suave piel con delicada fuerza, un temblor creciente, las manos que se aprietan con pasión a dos de los tentáculos.

La tinta negra cubrió toda la escena, y cuando desperté mis manos teñidas olían a mar y a primavera.

La mano que ayuda… ¿O empuja?

(C) La boca de Drago

De qué sirve

De qué sirve ir al centro del infierno
para regresar en una caja forrada con un trapo de colores.
Ir y defender una abstracción.
Perder todo lo que somos,
lo único que importa,
lo concreto en una vida.
Acabar irremediablemente en un vano desperdicio de huesos silenciosos,
recogidos y traidos –a veces– en un cajón inútil.
¡Qué desperdicio hacerlo por esos que regentan las mentiras!
Por esos seres inútiles que deciden el significado de los colores de ese trapo
o del nombre de este querido pedazo de tierra
por el que doy todo lo que se hace en una larga y productiva y útil existencia.

Tríptico de la sorpresa

(C) 2007, La boca de Drago

Fragmentos elementales de Panamá

Conocí la ciudad de Panamá de la mano de mi abuelo en la segunda mitad de los años setenta. No la había visto antes; al menos no la recordaba.

Por carambolas de la vida, nací y viajé en brazos a México, al D.F., a esa enorme ciudad monstruo que te acoge sin notarlo e igual de distraída te tritura o te alimenta. Fue allí y no en Panamá donde grabé en esta masa imperfecta de neuronas que me corona el recuerdo más antiguo que tengo del mundo.

Así que, al regresar, ya crecidito, empecé este viaje (que no termina aún) por la ciudad de Panamá. Del apartamento de mi abuelo partíamos a recorrer la ciudad de hace casi treinta años.

En las mañanas, muy temprano, íbamos al mercado público, donde aromas, colores, sonidos y, sobre todo, los más variados rostros y actitudes humanas llenaban mi universo con sus impactos novedosos. Tal vez, de esos viajes, me ha quedado el gusto que no me abandona por observar al ser humano, por imaginar lo que piensa en el momento y la razón, consciente o no, detrás de cada uno de sus actos.

En las tardes, después de la inevitable siesta, salíamos de nuevo con la excusa de algún mandado ineludible, yo descubriendo, él mostrándome ese mundo que es Panamá.

De esas caminatas recuerdo claramente el sonido de las olas detrás de la iglesia de San Francisco donde algún amigo cura vivía y al cual visitábamos. Nunca olvido la sensación de estar en medio del viejo conservatorio, con su veterano piso de madera que vibraba con tal fuerza por la música que estremecía entero al desvencijado edificio; o la cacofonía de todos los instrumentos tocados a la vez por estudiantes y profesores, cada cual en lo suyo, sonido especial en el que interviene el hombre pero es a la vez salvaje y elemental, como lo es el sonido de la vida que sólo he escuchado expresarse en la concurrida selva. En mi mente se ha grabado para siempre la silueta de la sombra de un edificio; la brisa cargada de ese olor mezcla de mar, de ciudad, de humo, de tinaco inmundo y fritura callejera, en fin, de presencia humana; el bamboleo de los barcos de pescadores en el muelle del mercado y el suave golpeteo de las proas contra la superficie tranquila; el salpicón salado del agua del mar que el viento pulveriza y trae en brazos; la entrada al cine Variedades durante la primera tanda, de esas que ya más nunca habrá en ese olvidado recinto en Santa Ana; un dulce delicioso y artesanal comido en alguna panadería de esquina desaparecida ya hace tiempo, acompañado de una helada soda en botella; el delicado acto cometido por el sol al lamer lentamente una decorada columna o la furtiva penetración de su luz en una calle lánguida a una hora exacta de la tarde; las aves recogiéndose para la noche, escandalizando con su barullo disonante en árboles y cableados eléctricos; el olor a madera, barniz y cuerdas metálicas de un taller en el que reparaban guitarras que recuerdo haber visitado varias veces; las conversaciones nunca simples, siempre sencillas que tuve con ese hombre que quise mucho y que ha sido siempre mi ejemplo de vida.

Mi abuelo murió a mediados de los ochenta, cuando ya yo había dejado atrás la infancia y entraba en mi adolescencia. Amigos, amigas (sobre todo en las noches), me acompañaron desde entonces a recorrer las calles de Panamá usando todos los medios y en todas las situaciones posibles. Y desde entonces no he dejado de sorprenderme con algún punto, alguna historia, algún momento (como las noches mágicas, motivo de otro escrito), pero ese asombro fundamental, ese golpe causado por la realidad que entra a borbotones, nueva a la vez para cada uno de los sentidos, no lo he vuelto a experimentar jamás de la manera única en que lo viví al acompañar a mi abuelo a mediados de los setenta a recorrer Panamá.

Me tomas y te mato

(C) LA BOCA DE DRAGO

Por una tonada

Ayer silbaba una tonada vieja y poco conocida que, para nosotros hoy que leemos este texto, no tendrá nombre.

Conducía en medio del bullicio, el tráfico loco, el gentío.

Semáforo rojo. Me detengo. Calor. Humedad. Ruido. Yo, tranquilamente silbaba.

El gentío vendiendo chucherías entre los autos, como siempre al mediodía en esta calle. Y yo, silbaba.

Un tipo, carcomido por la vida, sucio, desvencijado, se acerca lentamente, con flojera, arrastrando un gran peso invisible. Yo lo observaba silbando alegremente.

El tipo lleva un vaso de polifoam en la mano. Se detiene a mi lado y me lo acerca lentamente a la ventana. Me mira acongojado. Pero me escucha atento silbar y los ojos le brillan, así de pronto. Sonríe y empieza a acompañarme tarareando, llevando el ritmo con las monedas en el vaso. Le devuelvo la sonrisa y no sólo sigo silbando sino que lo hago más fuerte, con entusiasmo ahora.

El viejo me mira a los ojos y alegremente me da las gracias. Se va tarareando a paso rítmico, renovado. Y yo, me quedo silbando con una sonrisa.

Por el retrovisor lo sigo hasta que desaparece entre la fila interminable.

Semáforo verde. El escándalo aumenta con la desesperación de la gente en la cola. Regreso al bullicio (como que regreso de un sueño). Al fin, acelero.

No me di cuenta hasta esta mañana. Recordando el asunto, ¿por qué las gracias?

Gente en Atalaya, Veraguas

(C) 2006, La boca de Drago

Argumento fetal

Por fortuna en esta vida las cosas no son como eran antes. Cumplidos los cincuenta, nuestra identidad, el contenido entero y todas las relaciones en nuestro cerebro, nuestra mente, nuestra conciencia, es transferido a un sistema en el que viven (¡vivimos!) mientras existan seres humanos o sus descendientes que mantengan funcionando, mejoren y actualicen el sistema.

Claro que, por ley, no se hace antes. Se requiere un nivel de madurez. Haber llegado a un punto trascendental en la vida. El punto en que vale la pena ser preservados, salvados para siempre.

La muerte, viejo pavor, ha sido por fin vencida.

Pero no sólo eso: los que ya hemos trascendido tenemos el derecho de decidir quién puede y quién no debe hacerlo. Por lo general, se limita a nuestros allegados, aunque hay quienes tienen capacidad de decidir por otros. Por simple capricho, por conocimiento de una causa… ¡Es que no todos tenemos derechos iguales, no todos valemos lo mismo! ¿Cómo iba a ser de otra manera?

Por supuesto, los no trascendidos simplemente se desechan.

¡Qué más da! Los que no sirven para esta eternidad igual han tenido su vida biológica. Lo que hay que ver es qué provecho podemos sacarle a esos despojos.

Después de todo, sólo son fetos. ¿Cómo puede haber quien los considere una persona?

Casa en Taboga y Coca Cola

(C) 2006

El episodio del borrego

Caminaba solo por el prado cuando un horrible pajarraco me increpó a la cara: “borrego”. Perplejo lo oí repetirlo hasta que, de un ademán, lo hice volar. En mi mente se grabaron sus siniestros ojillos, su chillona injuria; las aves no hablan. Sólo el pienso fresco me hizo olvidarlo.

La hipotenusa y los camioneros

Hace algunos años, en la Universidad Tecnológica de Panamá, existía un debate sobre las razones para enseñar a los futuros técnicos e ingenieros disciplinas tan imprácticas en estas profesiones como la redacción, el debate o los fundamentos del derecho y la sociología. Después de todo, decían algunos, los ingenieros sólo utilizan en su profesión herramientas matemáticas, la física aplicada y, en algunos casos, un poco de química. Hoy, es evidente cuál postura ganó preferencia, y vemos cómo en esa misma escuela de técnicos se entregan premios literarios de alcance internacional, se editan libros de poesía o prosa literaria, y estudiantes y egresados se llevan galardones por destrezas en disciplinas que antes sólo se consideraban propias de los graduados de academias de arte o facultades de humanistas.

Es inevitable la sensación de deja vu que sentí al leer el artículo de opinión en un periódico que no valdría la pena mencionar sino fuera porque el viejo argumento reapareció, pero perfectamente al revés: Sigue leyendo

Poema fugaz

Anocheciendo, tarareaba acompañado de la orquesta en mi cabeza. Jugaba con sonidos, mientras conducía en el tranque demencial, manipulándolos, variándolos y combinándolos a mi antojo. Súbitamente, se hizo el silencio. En el estómago sentí un cosquilleo gracioso. De mi boca brotó completo un poema. Lo vi volar hasta un árbol cercano antes de perderlo entre miles de periquitos en medio de Vía Argentina. La música siguió, los sonidos combinándose, mi boca tarareando.

Ahora me duele haberlo perdido así, tan fácil, tan indolente.

Lección de anzuelo

(C) LA BOCA DE DRAGO

El granito bermejo

El grano cambió con la fuerza inexpugnable de la propia voluntad. De un simple y multitudinario color crema mutó a un rojo, bermejo, vivo, único. Su destino no pudo cambiar jamás: cada ciclo exacto aún acompaña a un millar más de granitos descendiendo por el canal del viejo reloj de arena. Pero ahora, para quien mira atentamente, él es uno: el granito bermejo.

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Un sueño menor

Frente a mí hay una colosal campana de nubes pintada de sol. Quiero alcanzarla, absorberla, digerirla, transformarla en un poema de luz y color. El deseo es inmenso, tanto que me duele, me angustia, me sacude incontrolable.

Hay veces, como hoy, que me llena esa sensibilidad que hace años se apoderó de mí en el desierto y me hizo convertir una vulgar piel en poderoso tigre. En esos días, como hoy, el aire se carga de sensaciones; mis manos perciben claramente el contraste entre un átomo y otro; el color de la tarde se intensifica, saturando el cielo y los árboles hasta hacerlos cromáticamente irreales; mi paladar recibe estímulos nuevos, puros, nítidos; todo lo que se siente se hace poderosamente intenso.

Esos días, esas tardes, quiero salirme por la punta de los dedos. Volar, sumergirme en el paisaje. Acaparar cada una de las moléculas de la realidad. Poseer cada ápice del universo, incorporarlo a mi individualidad, fundirlo en mi mente y transformarlo en algo nuevo.

¡Qué desgracia que sólo soy el sueño menor de un Dios soñado ya por otro!