
Entradas de Enero 2007
Tríptico de la sorpresa
Enero 25, 2007 · 5 comentarios
Categorías: Fotografía · Photography
Etiquetado: boca de drago, caribe, congos, Fotografía, fuerte, niño, portobelo, sorpresa
Fragmentos elementales de Panamá
Enero 25, 2007 · 6 comentarios
Conocí la ciudad de Panamá de la mano de mi abuelo en la segunda mitad de los años setenta. No la había visto antes; al menos no la recordaba.
Por carambolas de la vida, nací y viajé en brazos a México, al D.F., a esa enorme ciudad monstruo que te acoge sin notarlo e igual de distraída te tritura o te alimenta. Fue allí y no en Panamá donde grabé en esta masa imperfecta de neuronas que me corona el recuerdo más antiguo que tengo del mundo.
Así que, al regresar, ya crecidito, empecé este viaje (que no termina aún) por la ciudad de Panamá. Del apartamento de mi abuelo partíamos a recorrer la ciudad de hace casi treinta años.
En las mañanas, muy temprano, íbamos al mercado público, donde aromas, colores, sonidos y, sobre todo, los más variados rostros y actitudes humanas llenaban mi universo con sus impactos novedosos. Tal vez, de esos viajes, me ha quedado el gusto que no me abandona por observar al ser humano, por imaginar lo que piensa en el momento y la razón, consciente o no, detrás de cada uno de sus actos.
En las tardes, después de la inevitable siesta, salíamos de nuevo con la excusa de algún mandado ineludible, yo descubriendo, él mostrándome ese mundo que es Panamá.
De esas caminatas recuerdo claramente el sonido de las olas detrás de la iglesia de San Francisco donde algún amigo cura vivía y al cual visitábamos. Nunca olvido la sensación de estar en medio del viejo conservatorio, con su veterano piso de madera que vibraba con tal fuerza por la música que estremecía entero al desvencijado edificio; o la cacofonía de todos los instrumentos tocados a la vez por estudiantes y profesores, cada cual en lo suyo, sonido especial en el que interviene el hombre pero es a la vez salvaje y elemental, como lo es el sonido de la vida que sólo he escuchado expresarse en la concurrida selva. En mi mente se ha grabado para siempre la silueta de la sombra de un edificio; la brisa cargada de ese olor mezcla de mar, de ciudad, de humo, de tinaco inmundo y fritura callejera, en fin, de presencia humana; el bamboleo de los barcos de pescadores en el muelle del mercado y el suave golpeteo de las proas contra la superficie tranquila; el salpicón salado del agua del mar que el viento pulveriza y trae en brazos; la entrada al cine Variedades durante la primera tanda, de esas que ya más nunca habrá en ese olvidado recinto en Santa Ana; un dulce delicioso y artesanal comido en alguna panadería de esquina desaparecida ya hace tiempo, acompañado de una helada soda en botella; el delicado acto cometido por el sol al lamer lentamente una decorada columna o la furtiva penetración de su luz en una calle lánguida a una hora exacta de la tarde; las aves recogiéndose para la noche, escandalizando con su barullo disonante en árboles y cableados eléctricos; el olor a madera, barniz y cuerdas metálicas de un taller en el que reparaban guitarras que recuerdo haber visitado varias veces; las conversaciones nunca simples, siempre sencillas que tuve con ese hombre que quise mucho y que ha sido siempre mi ejemplo de vida.
Mi abuelo murió a mediados de los ochenta, cuando ya yo había dejado atrás la infancia y entraba en mi adolescencia. Amigos, amigas (sobre todo en las noches), me acompañaron desde entonces a recorrer las calles de Panamá usando todos los medios y en todas las situaciones posibles. Y desde entonces no he dejado de sorprenderme con algún punto, alguna historia, algún momento (como las noches mágicas, motivo de otro escrito), pero ese asombro fundamental, ese golpe causado por la realidad que entra a borbotones, nueva a la vez para cada uno de los sentidos, no lo he vuelto a experimentar jamás de la manera única en que lo viví al acompañar a mi abuelo a mediados de los setenta a recorrer Panamá.
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