Volar cometas. Solía hacerlo de niño con mi abuelo que armaba coroneles, estrellas y cajones de virutas de pajonal, papel maché y engrudo de yuca. Livianos, los coroneles requerían pesados rabos de cinta de máquina de escribir para ubicarse en el cielo de la tarde. Grandes y solemnes, los cajones se elevaban firmes: sin necesidad de cola u otro aditamento, se sostenían en el viento como tú y yo lo haríamos desnudos en la tierra. Divertidas, las estrellas llevaban colgados runrunes entre sus puntas, que sonaban juguetones con el viento tenaz que los estimulaba desordenadamente.
Era divertido todo: confeccionarlas, viajando repetidas veces al mercado o la avenida “B” en busca de materiales; la lucha por conseguir el favor del viento, contra el que usualmente se corría cargando la cometa para entregársela al ganar en un gesto sutil; la manipulación del hilo que nunca era suficiente y siempre se enredaba. Al final, el tiempo que era el que obligaba a bajar la cometa o la fuerza del viento del norte que nos la arrebataba para siempre, llevándose en brazos nuestro pequeño artilugio de color y de papel.
Tardes de cometa, tardes de verano, pero el verdadero, el del campo, el que ya no es ni será jamás en estos tiempos de clima adulterado. Gocé mucho haciendo con mis manos esos poemas de color, de viento, hoy de un recuerdo que se va despacio con la brisa del tiempo.